Hace 50 años / Pink Floyd - The Piper At The Gates Of Dawn (1967)

jueves, 12 de octubre de 2017

LA MIRADA HUIDIZA DE UN PRESIDENT


El hombre que no sabe mirar

Carles Puigdemont es el hombre déjà vu. Lo ves, aunque sea tocando la guitarra, o en shorts, y también está de luto, del pelo a la punta de los pies. Lo ves como si siempre fuera el mismo hombre, hierático, pero contento. Lo ves y ya no quieres volver a verlo porque ya lo has visto. Cuando le susurra a Junqueras y se tapa la boca, por un instante oculta el rasgo principal de su cara, los labios finos y políglotas. La voz es redonda, pero las palabras le salen picudas como las ideas que despreciaba Ganivet. Por su lengua no hablan Espriu u otros poetas de la duda, sino la afirmación patriótica. El maestro Emilio Lledó, que enseñó en Barcelona, nos dice siempre: “Dentro de todo no hay un pequeño , y dentro de todo hay un pequeño no”. Esa metáfora no habita en el peinado ideológico de Carles Puigdemont.

Un déjà vu. Lo ves en ese territorio empequeñecido que es el atril donde un temeroso audaz como él expondrá sin remedio lo que ya sabes de su configuración como persona política: tratará de usarse tan a su favor que resulta grosero y banal como los egocéntricos. Luego utiliza ese instrumento de matar la dignidad del adversario negándole hasta el agua de la historia. Quiere destruir desde la razón absoluta y utiliza bastones como datos, y estos datos no son verdad, o no lo son enteramente. Lo peor de este hombre es que en el camino de la verdad a la mentira no se quedó en la posverdad, sino que reside ya cómodamente en el guiño: ustedes saben que lo que digo no va a ninguna parte, pero a ver si cuela.

Por ese camino Carles Puigdemont ha perdido la capacidad de mirar. Delante de él hay vacío, como si se dirigiera, sin orejeras, a un destino que tiene el abismo como final. En su discurso del "sí" y el "no" simultáneos solo miró una vez en concreto a Artur Mas (“que está por aquí”); luego se entretuvo con él, en el entreacto, como si los dos volvieran de una parranda de la que portaron calabazas. Este tipo de miradas huidizas es propio de personalidades que esconden más que ofrecen y revela, muy ladinamente, a alguien que está dispuesto a usar para el amigo la medicina que ya dispuso para destruir al enemigo.

Él tiene un fin y, como si él mismo fuera un tren, está dispuesto a seguir adelante como si la palabra fracaso se escribiera con la V de Victoria. Los suyos ya no lo reconocen: no sabe mirarlos. Les llevó al estrado varias versiones del cuadro de Magritte, Esto no es una pipa. Y les mostró, además, una versión de La cantante calva de Ionesco interpretada por Buster Keaton. Con tantas caras que tuvo, ahora ya puede decirse que lo más seguro que sabe de sí mismo es que se llama Carles Puigdemont y que es el autor de un modelo sin futuro, la Declaración Unilateral de lo Confuso.
JUAN CRUZ
El País, 12/10/2017

miércoles, 11 de octubre de 2017

EMBARBUSSAMENTS


O trabalenguas, en catalá.
Dedicado a Carles Puigdemont, que ayer -en cuestión de segundos- nos dio una lección trilera sobre 'donde dije digo, digo Diego'  a ver si colaba y que por momentos parecía un trabalenguas.
Honorable senyor Puigdemont: relájese un poco, tómese una tila o una hierbaluisa, que vienen muy bien para la ansiedad, recuerde estos trabalenguas típicamente catalanes y ríase un poco, hombre. Y deje ya de enredar, joder.

• Setze jutges d’un jutjat mengen fetge d’un penjat; si el penjat es despengés es menjaria els setze fetges dels setze jutges que l’han jutjat.
Traducció: Dieciséis jueces de un juzgado comen hígado de un ahorcado; si el ahorcado se descolgara, se comería los dieciséis hígados de los dieciséis jueces que le juzgaron.

• En cap cap cap el que cap en aquest cap.
Traducció: En ninguna cabeza cabe lo que cabe en esta cabeza.

• Plou poc, però per a lo poc que plou, plou prou.
Traducció: Llueve poco, pero para lo poco que llueve, llueve bastante.

sábado, 7 de octubre de 2017

SEGUIMOS A VUELTAS CON LO NUESTRO...


... Y sin enterarnos demasiado. Esta vez le ha tocado el "marrón" (¿y cuándo no?) al bueno de Gerard Piqué, que la verdad es que le encanta meterse en todos los charcos que encuentra por el camino, aunque luego suele arregarlo con su sinceridad y su bonhomía.


Una patada de Piqué

A Gerard Piqué -campeón del mundo con España, cuya camisola ha vestido casi 100 veces- le insultan en los estadios y en los entrenamientos. De momento, el defensa catalán no ha dado un puntapié a nadie; si lo diera, se estremecería la piel de toro.

Así ocurrió con Yugoslavia cuando el futbolista Boban inició la desintegración del país (seis repúblicas, dos alfabetos, cuatro culturas, tres religiones). Se jugaba el partido entre el Dinamo y el Estrella Roja, con dos hinchadas patrióticas. Empezó la batalla de los fanáticos en las gradas y pasó al césped. Un policía pegó a un croata, Boban dio una patada al agente y así empezó la escabechina. 

Piqué no da patadas a los guardias, habla de diálogo, propone bandera blanca cuando el odio anida en los campos y hay una nada fantástica posibilidad de descomposición de España, cuyo ensayo general se jugó en la Primera República. El proceso es momentáneamente pacífico, aunque inquieta a los ciudadanos porque no ven una alternativa para evitar un triste desenlace. El Gobierno, hasta el momento, ha recurrido a los jueces y a los obispos. No digo que tenga que requerir un pelotón de soldados para restablecer la Constitución en Cataluña, pero la operación, se haga como se haga, no va a transcurrir como un parto sin dolor.

Los independentistas van a aprobar la DUI, la proclamación de la independencia. A partir de entonces, no ya una patada, un traspiés puede armar la de San Quintín e incendiar el país (cuando los bomberos han tomado partido). 

Se suceden los escraches, los insultos y las amenazas de muerte a políticos. Todos los incidentes son utilizados en una de las guerras de propaganda más sucias que he presenciado en mi vida. Se dispara con adjetivos desde ambas trincheras, se usan calificativos feroces. Creo, sin embargo, que las mentiras son más descaradas en el frente nacionalista. 

Ada Colau y Carmen Forcadell -que ha dado por veraces los bananeros resultados del referéndum- se quejan de que desde el Gobierno se les haya llamado nazis. Y no sólo los nacionalistas culpan de todos los males al Ejecutivo. Gentes de izquierdas e incluso de derechas se han dejado intoxicar por la propaganda de los dirigentes de la revuelta.

Siguen, estúpidamente, la táctica que empleó Dios -según Voltaire- con Adán y Eva y con Caín y Abel, castigando para toda la eternidad al genero humano por haberse comido una manzana y, poco después, perdonando un fratricidio. Ahora comparan una sedición con una carga policial. Qué listo eres, Maquiavelo, cuando dices: "Todos ven lo que aparentas, pocos advierten lo que eres".
RAÚL DEL POZO
El Mundo, 7/10/2017

miércoles, 4 de octubre de 2017

EL MOMENTO DE ACTUAR


Lean atentamente, por favor, lo que publicaba Alfonso Guerra -uno de los muñidores de la Constitución- en junio de este año y lo que ha dicho hoy mismo en la radio. Está claro que los "viejos rockeros" siguen muy vivos.


El momento de actuar

Hace unos pocos días participé en un acto organizado por la Asociación de exDiputados y exSenadores para recordar las primeras elecciones democráticas de junio de 1977. Se celebró en un salón del Congreso de los Diputados y al concluir un buen número de personas se acercó a felicitar a los oradores. Una señora me expresó la satisfacción que había sentido al escuchar mi discurso y sin preámbulos añadió "yo a usted le he odiado toda mi vida". Pues señora, que le aproveche, porque el odio alimenta a algunas personas, y destruye a otras muchas. Me expuso la razón de su odio. "Usted siente una gran inquina contra Cataluña". Le expliqué, con gran paciencia, que estaba en un gran error, que sentía admiración y simpatía por Cataluña, pero que tal vez ella se confundía con mi crítica a la actuación de algunos partidos nacionalistas. Saltó: "Yo soy nacionalista". Era de un partido que ya no está.

Nunca ha sido para mí tan evidente la labor de demolición de los valores democráticos ejecutada por los nacionalistas y por sus cómplices. Quedaba claro el efectivo desgaste de la convivencia de muchos catalanes tras una tenaz e inmisericorde política de hacer confundir la más elemental crítica a la actuación del nacionalismo con un ataque brutal a Cataluña y a sus habitantes.

La pregunta que puede plantear cualquier observador imparcial es ¿cómo han logrado que tantos catalanes acepten esa manipulación? La respuesta es, a la vez, clara, amplia y compleja. Es que el Gobierno de la Generalitat y las organizaciones que han propiciado y sostenido han puesto al servicio de esa mentira todos los medios, los recursos económicos y las energías de las entidades públicas y de algunas privadas. Hay que añadir que otros, que no son nacionalistas, han apoyado con su colaboración o su dejar hacer a la locura nacionalista. Han repetido durante años la infamia de "España nos roba", cuando los ladrones estaban en la casa nacionalista. El Gobierno de España y los partidos políticos han preferido no dar la batalla, y cuando no se da la batalla, esta se pierde.

Algunos pretenden que se podrían calmar las ansias secesionistas aceptando ese extraño ser artificial "España, nación de naciones". Solo una pregunta ¿de cuántas naciones? Nadie contesta.

Los nacionalistas lo resuelven con una solemne bobería: nación es cuando lo dicen los pobladores. Imaginemos que los cartageneros dijesen que son una nación, ¿pasan a serlo? Elijo este caso porque están ahora haciendo declaraciones para alcanzar el estatus de provincia.

Los nacionalistas, ¡un Gobierno!, repetidamente violan la legislación, desobedecen a los tribunales, desafían al Ejecutivo con preguntas como "¿qué van a emplear, la fuerza?". No, hay que emplear la ley.

Sibilinamente han dejado de hablar de separatismo o de soberanía, ahora ya solo hablan de defender la democracia, pero están dando un golpe de Estado. En contra lo que ellos proclaman, el único franquismo activo que queda en España lo representan los dirigentes nacionalistas, pero esto no lo dicen los otros partidos políticos, atemorizados ante la actitud de los nacionalistas, que no paran en barras a la hora de violar leyes y las reglas de convivencia. Repugna la aparición de carteles señalando personalmente a dirigentes de otros partidos como enemigos de Cataluña y pidiendo que se les trate como tales. Las patrullas nazis hacían lo mismo en la década de los años 30 del pasado siglo. Parece ser que un fiscal lo va a estudiar, sin embargo, no hay mucho que estudiar, la coacción y la amenaza están claras.

El punto cimero del acobardamiento ante la práctica insurreccional del nacionalismo se encuentra en el temor que les produce a muchos la aplicación de la Constitución. Hablo de los que argumentan de continuo la defensa de la Constitución, menos... del artículo 155. Sienten una verdadera aversión a su aplicación. Pues sepan los atemorizados que ese artículo fue favorablemente votado por los nacionalistas cuando se redactó la Constitución.

¿Qué dice el artículo 155 de la Constitución?

1. Si una Comunidad Autónoma no cumpliere las obligaciones que la Constitución u otras leyes le impongan, o actuare de forma que atente gravemente al interés general de España, el Gobierno, previo requerimiento al presidente de la Comunidad Autónoma y, en el caso de no ser atendido, con la aprobación por mayoría absoluta del Senado, podrá adoptar las medidas necesarias para obligar a aquella al cumplimiento forzoso de dichas obligaciones o para la protección del mencionado interés general.

2. Para la ejecución de las medidas previstas en el apartado anterior, el Gobierno podrá dar instrucciones a todas las autoridades de las Comunidades Autónomas.

Caben pocas dudas en el caso del primer supuesto. La Generalitat de Cataluña ha incumplido las obligaciones que han dictado los tribunales, incluido el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña, y ha llegado a desobedecer las sentencias del Tribunal Constitucional.

En cuanto a que su actuación atente gravemente contra los intereses de España, basta considerar los contactos internacionales para lograr apoyos de Gobiernos e instituciones supranacionales para celebrar un referéndum ilegal, con la guinda del pastel: calificar a España de Estado autoritario. Resulta patético contemplar a ese grupo de políticos enredados en la tela de araña de la corrupción, buscando desesperadamente librarse de la Justicia española por un procedimiento insólito, desconectando a Cataluña de España para librarse de la prisión.

Con este panorama jurídico, político y constitucional, ¿por qué no se aplica el artículo 155? Fue redactado, y aprobado por todos, para el caso en que alguna comunidad autónoma incurriese en el incumplimiento de las obligaciones que imponen las leyes y la Constitución o actuase de forma que atente gravemente al interés general de España.

Es evidente que estos supuestos se dan en el caso de la Generalitat de Cataluña. No es fácil comprender por qué no se aplica la Constitución. Enseguida aparece la martingala del choque de trenes. Los nacionalistas y el Gobierno de España estarían empeñados en una confrontación, un choque de trenes, obcecados cada uno en sus posiciones. Pero esta es una metáfora falsa y engañosa. Solo hay un tren, desbocado, con pilotos alobados, en una carrera desesperada, y enfrente, un Gobierno paralizado, incapaz de utilizar los instrumentos democráticos que la Constitución pone a su disposición.

¿Existe alguna razón poderosa que justifique, al menos que explique, por qué no se pone en marcha la Constitución contra los excesos de los secesionistas? Si existe, el Gobierno debería exponerla, pues se hace cada día más difícil entender su parálisis ante la manifiesta rebeldía del nacionalismo catalán contra las leyes.

Ahora han llegado al descaro de los más ladinos delincuentes, todo lo hacen mediante órdenes verbales para que no quede en los escritos las pruebas del delito.

¿No ha llegado el momento de actuar?
ALFONSO GUERRA
Revista Tiempo, 21/06/2017


Alfonso Guerra, 04/10/2017

lunes, 2 de octubre de 2017

HOY COMO AYER


Hay locos que se creen Napoleón

Estos días Cataluña está infestada de símbolos y de resonancias históricas, que es una forma que tiene la política de degenerar cuando renuncia a dirigirse a la razón para apelar al sentimiento. El Gobierno de Carles Puigdemont quiso que Cataluña alcanzara su punto de ebullición patriótica en octubre. La tentación simbólica era poderosa. En octubre de 1934 Lluís Companys traicionó a la República y proclamó el Estado catalán; y en octubre de 1940 fue fusilado después de un consejo militar franquista. La forja de símbolos es una tarea bastante sencilla. Sólo hace falta un poco de voluntad y algo de desvergüenza, y de ambas hay de sobra en la factoría discursiva del nacionalismo. 

Hay locos que se creen Napoleón y los hay con delirios más modestos. Puigdemont se parece tanto a Companys como la España de hoy se parece a aquella de la que Cataluña se separó durante horas. La Historia jamás se repite, ni como farsa ni como tragedia, aunque puedan existir algunas semejanzas.

Hoy como ayer, burgueses y agitadores se confunden en la extravagante bacanal del bloque secesionista, que -hoy como ayer- divide sus esfuerzos entre la lucha anarcosindicalista y la patriótica. Hoy como ayer, una parte de la izquierda transige con las aspiraciones de los sediciosos por puro odio a las derechas, la CEDA de ayer y el PP de hoy. Hoy como ayer los nacionalistas traicionan el pacto constitucional al que se habían sumado a cambio de que se le concediera a Cataluña un autogobierno reconocido en un estatuto de autonomía. Y hoy como ayer la coartada del nacionalismo para atizar el fuego de la discordia es un recurso de inconstitucionalidad contra una de sus leyes.

A todos estos ecos de la Historia se le pueden oponer mil matices porque los paralelismos históricos siempre son tramposos. Pero se puede extraer alguna lección. Si en algo se parecen los actuales promotores de la secesión a Companys es en su capacidad para convertir un conflicto de competencias en una afrenta histórica de una gravedad tal que obliga a la separación. En 1934, el agravio fue la declaración de inconstitucionalidad por parte del Tribunal de Garantías de la Ley de Contratos de Cultivo. Sólo cuatro días después de que se dictase la sentencia de anulación, el Parlamento catalán desafiaba a la República con la aprobación de una nueva ley exactamente igual que la anterior en una sesión cargada de violencia y de intimidaciones a la oposición. Le sucedieron meses de tensión y, tras una huelga revolucionaria, el 6 de octubre Companys proclamó desde el balcón de la Generalitat «el Estado catalán de la República Federal Española». El golpe de Estado fue sofocado en tan sólo 10 horas por el general Domingo Batet al mando de unos centenares de hombres. Companys se sorprendió de que la muchedumbre que festejó la independencia con tanto entusiasmo se esfumara en cuanto llegó el momento de defenderla. 

Puigdemont ya tiene la tensión y la huelga. Sólo falta por saber si también tiene el coraje -o la inconsciencia- para enfrentarse a una condena por rebelión. Con la muchedumbre mejor que no cuente. Cuando el presidente de la Generalitat consiguió entrar en el centro de votación que, en la lógica teatral de este referéndum, le correspondía hizo una declaración muy reveladora ante los medios. Desplazó el foco. El argumentario ya no empleaba la fingida retórica electoral. Es difícil mantener la farsa cuando es el propio presidente el que tiene que cambiar de colegio electoral sobre la marcha. No habló de resultados o de participación sino de la represión violenta del Estado. El procés no termina aquí, sólo entra en una nueva fase y todo indica que, tras la huelga, Puigdemont jugará exactamente la misma carta que jugó Companys en 1934: el Govern ya no puede contener el ímpetu revolucionario del pueblo catalán y se impone una solución, es decir, una declaración unilateral de independencia.

Hay otra semejanza entre Puigdemont y el mártir del nacionalismo catalán. Un hilo histórico que une ambas épocas, tan lejanas. En marzo de 1936, Manuel Chaves Nogales viajó a Barcelona, recién restablecida la Generalitat e indultado Lluís Companys. El periodista sevillano, como tantos otros por entonces, lo consideraba un político insignificante. La figura de Companys fue exageradamente reivindicada por Vázquez Montalbán a principios de los 80 y definitivamente engrandecida por el martirologio nacionalista. Pero mientras vivió, muchos veían en él a un puigdemont, un presidente circunstancial y abrumado. Al terminar una de tantas manifestaciones desbordantes, Chaves Nogales anotó la opinión de un barcelonés: «A nuestro pueblo le entusiasman esas grandes paradas de la ciudadanía. Pero acaso entre una y otra, aunque sólo mediasen tres o cuatro meses, alguien tendría que preocuparse de rellenar el tiempo con una tarea que quizás no sea del todo superflua: la de gobernar, la de administrar, la de hacer por el pueblo algo más que ofrecerle ocasión y pretexto para estos deslumbrantes espectáculos». 

La opinión del propio Chaves Nogales la recoge Xavier Pericay en Cuatro historias de la República. «Reconozcamos que Cataluña tiene esa virtud imponderable: la de convertir a sus revolucionarios en puros símbolos, ya que no puede hacer de ellos perfectos estadistas». Hoy como ayer.
RAFA LATORRE
El Mundo, 2/10/2017

sábado, 30 de septiembre de 2017

ACUDAMOS A LOS CLÁSICOS


HINCHAR UN PERRO

La anécdota es bien conocida, al menos para aquellos que conservan el hábito de leer libros y lo han ejercitado con el más sustancioso de los escritos en castellano. La cuenta Cervantes en el prólogo a la segunda parte del Quijote, atribuyéndola a un loco que había en Sevilla, y que tuvo la ocurrencia de aplicarle a cuanto perro sorprendía desprevenido un canuto "en la parte en que soplándole, le ponía redondo como una pelota". Cuando lo tenía de esa manera, le daba dos palmaditas en la barriga y lo soltaba, diciendo a quienes le observaban: "¿Pensarán vuesas mercedes ahora que es poco trabajo hinchar un perro?".

Crear un Estado, con todo lo que conlleva, desde el pacto entre quienes han de habitarlo (preferiblemente sin aborrecerse ni arrojarse a diario los trastos a la cabeza) hasta las reglas que ordenan en todos los aspectos la convivencia y las instituciones necesarias para hacerlas medianamente efectivas y aceptables, es una tarea para no tomarla a la ligera. Cuando se somete a escrutinio algún Estado de los que ya existen, resulta fácil subrayar sus defectos, señalar sus carencias y, a nada que quien lo enjuicia ande provisto de autoestima, creerse capaz de hacerlo mucho mejor que los que perpetraron la obra en cuestión.

La realidad, en cambio, es bien diferente. Para eso está la Historia, que nos atestigua las dificultades, ímprobas e incluso sangrientas, que comportaron el surgimiento y la consolidación de los no demasiados Estados soberanos (y reconocidos por el resto) que en el mundo son. Apenas un par de centenares, en un planeta en el que a esta fecha viven varios miles de millones de seres humanos que se comunican en varios miles de lenguas. En muchos casos, que el Estado haya llegado a existir es fruto del esfuerzo sostenido de muchas generaciones, con el impulso y la inspiración de una gavilla de hombres y mujeres rigurosamente excepcionales, que supieron elaborar, defender y cuajar una idea cuyo arraigo las circunstancias no suelen favorecer.

No, no es poco trabajo hinchar un perro, pero hay quien al ver uno, mirando por encima del hombro a quien lo hizo, se cree capaz de hacer otro sin despeinarse, incluso sin tener dotes para ello y sin tomarse la molestia de buscarse el canuto adecuado al objetivo que se está echando a la espalda. En estos días vemos empeñado en una proeza semejante a un abigarrado grupo de presuntos líderes, de aptitudes y liderazgo confusos y dudosos: en la televisión sale uno todo el tiempo como si fuera el primus inter pares, pero a las reuniones espinosas acude otro al que no le dejaron ocupar esa oficina, luego hay otros dos que mueven las masas, otras dos que las agitan y enardecen, y aun un sexto que se ocupa de la fontanería crucial del movimiento. 

Todos ellos juntos, y cada uno desde su apostadero, aspiran a hinchar el perro de un nuevo Estado de Europa por el camino más corto, a través de un pretendido referéndum, impracticable e increíble, en el que cada día que pasa serán necesarios menos participantes, en persona o por incomprobable comparecencia electrónica. Junten lo que junten, dada la excepcionalidad de su sagrado e irrenunciable proyecto, procederán y, alehop, mostrarán al mundo el perro felizmente convertido en globo.

Para la ratificación de su alarde parecen contar, sobre todo, con que haya en las calles muchedumbres incontrolables, que a voces o con pancartas o con lo que sea lancen la buena nueva. Y con que la principal fuerza que se les opone, ese Estado que ya existe y que tiene como deber amparar a todos los que en su misma tierra no piensan como ellos, ni se sienten convocados ni respetados por su forma de proceder, cometa en la respuesta el error que les permita exponerlo como ejemplo de tiranía.

Es un envite endiablado, porque no es poco trabajo hinchar un perro, pero cualquiera puede, si se pone, sacarle el aire.
El Mundo, 30/09/2017

jueves, 28 de septiembre de 2017

CONTRA EL NACIONALISMO



Permítanme recordarles algunas frases de voces plenamente autorizadas que insertábamos hace casi tres años en "El Mito de La Taberna". Servían entonces y sirven ahora. Servirán siempre. Sobre todo ahora y aquí, donde va a producirse, si los dioses no lo remedian, el mayor despropósito de la democracia española.


El nacionalismo es una enfermedad infantil. Es el sarampión de la humanidad. 

Los nacionalistas no sólo no desaprueban los hechos atroces realizados por su bando, incluso tienen una capacidad increíble para ni siquiera oír hablar de ellos.

Por mi vida han galopado todos los corceles amarillentos del Apocalipsis, la revolución y el hambre, la inflación y el terror, las epidemias y la emigración; he visto nacer y expandirse ante mis propios ojos las grandes ideologías de masas: el fascismo en Italia, el nacionalsocialismo en Alemania, el bolchevismo en Rusia y, sobre todo, la peor de todas las pestes: el nacionalismo, que envenena la flor de nuestra cultura europea.

El nacionalismo es la extraña creencia de que un país es mejor que otro por virtud del hecho de que naciste ahí. 

La ideología del siglo XXI debe ser el humanismo global, pero tiene dos peligrosos enemigos: el nacionalismo y el fundamentalismo religioso.

Amo demasiado a mi país para ser nacionalista. 

Nuestra verdadera nacionalidad es la del género humano.

Daría la mitad de mi vida para que los nacionalistas pudieran defender sus tesis, pero la otra mitad la necesito para batallar para que los nacionalistas no consigan lo que pretenden.